Cuando practicamos mindfulness de manera continuada, nos hacemos progresivamente conscientes de que las experiencias que vivimos surgen en el seno de la conciencia. Es decir, no sólo nos damos cuenta de lo que pasa sino de en dónde pasa. No sólo percibimos los contenidos de la conciencia, sino de la conciencia misma. A este tener presente a la propia conciencia es a lo que llamamos “estado de presencia”, o, simplemente “presencia”. Otra forma de expresarlo es diciendo que no sólo nos damos cuenta de lo que observamos, sino que tenemos presente la existencia del observador y sabemos que somos ese observador, esa conciencia en la que aparecen todos los contenidos. Podríamos decir que nuestro ser no queda agotado en las cosas que vivimos, en las formas que percibimos o experimentamos, sino que aún viviendo y experimentando esas formas, seguimos conscientes de ese alguien que las vive o experimenta, del ser que ese alguien es y que todo lo presencia.

Una de las metáforas más utilizadas para expresar lo que es la presencia, en mindfulness, es la metáfora del espacio. En ella se asimila la conciencia al espacio y, al igual que en la conciencia aparecen contenidos, el espacio es el ámbito en donde se dan las formas, los objetos, todo lo que podemos conocer o experimentar. El espacio no sólo es un espacio físico, en donde aparecen los objetos físicos. También es un espacio mental en el que surgen fenómenos mentales de todo género, como sensaciones, percepciones, recuerdos, pensamientos, etc.

Al estar en presencia, no perdemos de vista la existencia del espacio, en el que todos los objetos y formas se manifiestan. El espacio acoge en su seno a todo aquello que podemos imaginar. El espacio no tiene límites, no se  acaba, no se destruye, no puede desaparecer. Por eso, cuando nos reconocemos en el espacio (en la conciencia) nos damos cuenta de que somos invulnerables, de que n o podemos ser dañados en lo esencial. El sufrimiento aparece porque habitualmente nos identificamos con las formas, que si son vulnerables, que aparecen y desaparecen, que pueden ser destruidas, dañadas o, simplemente, perderse para siempre. Es nuestra identificación exclusiva con los contenidos del espacio (o de la conciencia) lo que nos hace susceptibles de padecer y sufrir.