Dentro de nuestra familia, y de nuestra pareja, nuestro marido, nuestra mujer, nuestros hijos y nuestras hijas, no son como los ejecutivos de nuestra empresa. Tienen que cumplir con sus obligaciones, pero dentro de un orden. Aunque lo del orden también sirve para los ejecutivos, porque a una persona no se le puede poner unos objetivos que le doblen el espinazo y no lo permitan dormir, sabiendo que, por mucho que haga, no los puede alcanzar (quizás se los han puesto por eso mismo).

“Dentro de un orden”, en la familia, quiere decir que, a cada uno, individualmente, hay que exigirle aquello que puede alcanzar, pero siempre que le permita dormir.

Una cosa importante en la familia igual que en la pareja, es que todos respetemos a todos. Respetar, según el diccionario, es “Tener miramiento, consideración”.

El marido tiene que respetar a su mujer. La mujer, a su marido. Los hijos, a los padres. Los padres, a los hijos (a cada uno).

“A cada uno”, porque cada uno tiene derecho a su intimidad. Y no sólo derecho a que nuestra intimidad no salga en los programas de televisión, sino mucho más: tenemos derecho a ese rincón de nuestra alma donde está lo más profundo de nuestros amores, de nuestras ilusiones, de nuestras alegrías y de nuestras penas. El diccionario, una vez más, acierta, cuando define intimidad, como la “Zona espiritual reservada de una persona o de un grupo, especialmente, de una familia”.

El diario de un joven o de una joven, es suyo, y solamente suyo. Y las cartas, y los mails y los sms y los whats app, que se envía con sus amigos son suyos. Y los cajones de la mesa son suyos. Y los apuntes que toma la madre en una conferencia que le ha gustado mucho son suyos y solamente suyos. Y así, todo.

El respeto a la intimidad siempre ha sido una cosa muy importante. Repetémosla, y en el seno de una familia o de una pareja, mucho más.