La vuelta al trabajo y todo lo que la acompaña (prisas, cansancio, atascos, ruidos, rutina, presiones laborales, estrés, etc.) se hace, a veces, especialmente difícil. Después del período estival de vacaciones millones de personas vuelven de nuevo a la rutina.

 

La adaptación laboral

Tras el paréntesis vacacional, nos encontramos de nuevo con las  obligaciones laborales y familiares, con un ritmo de vida muy diferente y con menos horas de sol. Esto puede provocar alteraciones conductuales como irritabilidad, apatía, falta de atención, tristeza, cansancio físico y psíquico, etc. Estas perturbaciones que experimentamos tras las vacaciones pueden ser más intensas en determinadas personas. Además sabiendo que aproximadamente el 70% de las personas no está a gusto en su trabajo, esta inadaptación va a facilitar la aparición de cierta sintomatología.

Un trabajo muchas veces impersonal, frustrante, rutinario, que impide el desarrollo personal, la autorrealización y un estilo de vida más armonioso, saludable y social. Naturalmente muchas de estas personas que se reincorporan a su trabajo van a necesitar ayuda psicológica, sobre todo cuando los síntomas presentan una gran intensidad y persistencia en el tiempo. Asimismo, la incertidumbre en la empresa, la inestabilidad laboral y la falta de ilusión o expectativas derivan en diferentes trastornos psicosomáticos.

 

La adaptación psicológica

Paradójicamente, igual que hablamos del síndrome “postvacacional” también podríamos hablar del síndrome “vacacional”. Se trata de un problema de adaptación. Pasar de una situación de alta tensión laboral y de un esfuerzo continuado a estar tumbado ocho horas en la playa exige una especial adaptación conductual y mental, una adecuada flexibilidad mental. Aunque esta adaptación es más sencillo afrontarla de forma positiva.

Tras las vacaciones, en cambio, vuelve a empezar la dinámica familiar, regresamos nuevamente al trabajo. Vuelven los madrugones, turnos laborales, nuevos hábitos alimentarios, con un nuevo estilo de vida y, en muchas ocasiones, con un ambiente laboral bastante frustrante que, obviamente, continúa tras las vacaciones.

Este cambio que se afronta con mayor dificultad y negatividad, puede provocar en personas especialmente predispuestas el “síndrome postvacacional”, relacionado con el clásico “síndrome general de adaptación” (SGA).

 

Los síntomas del síndrome postvacacional

No resulta extraño que la vuelta de vacaciones sea un momento especialmente crítico para reactivar la sintomatología ansiosa. Los síntomas físicos y psíquicos hacen su aparición con toda su fuerza y se explayan constituyendo un auténtico síndrome, cuyos principales síntomas son:

  • palpitaciones, mareos y sudoraciones,
  • angustia, síntomas depresivos,
  • mal humor, irritabilidad excesiva, agresividad
  • falta de motivación, trastornos del sueño, dificultades para pensar o concentrarse, pérdida de memoria
  • fatiga prolongada, debilidad muscular, cansancio y agotamiento, etc.

Las estrategias terapéuticas

Debemos procurar que los primeros días de la vuelta al trabajo sean agradables. Introducir cambios progresivos en el ritmo laboral, siendo positivos (tengo un trabajo, estoy satisfecho, voy a mejorar, etc.). Por lo tanto, evitaremos comentarios negativos y potenciaremos hábitos saludables adquiridos durante las vacaciones (comunicación, diversión, ocio, risa y sentido del humor, deporte, etc.). También evitaremos los excesos: de compromisos, de reuniones y comidas de trabajo, abuso de café, alcohol y tabaco, etc. Son pautas sencillas pero muy eficaces para neutralizar el «síndrome postvacacional».

Tras este período de adaptación, en torno a quince días aproximadamente, estos problemas psicopatológicos suelen desaparecer, aunque en ocasiones se detectan problemas más graves que necesitan un tratamiento y una consideración muy especial.

El ser humano tiene que desarrollar al máximo sus capacidades (inteligencia, afectividad, sociabilidad, asertividad, creatividad, etc.). Igualmente, es muy importante que nuestra autoestima y autoconcepto se encuentren en buenas condiciones; por lo que es fundamental la interrelación  con nuestra familia, con nuestros amigos y compañeros, ya  que éstos son nuestra fuente principal de afecto y seguridad. En este sentido, una persona con un bajo autoconcepto y autoestima le puede llevar a evadirse de la realidad o a manifestar síntomas depresivos graves y tener consecuencias familiares, sociales y laborales negativas.

 

Así pues, aunque el “síndrome postvacacional” no está descrito como tal en ninguna categoría diagnóstica, es suficientemente importante como para desarrollar los programas preventivos necesarios.

En todo caso siempre es aconsejable acudir a un especialista que recomendará el necesario tratamiento psicoterapéutico individualizado.